Primero, me encontré con que todo el mundo moderno hablaba de un fatalismo científico; afirmando que todo es tal como siempre ha debido ser, desenvolviéndose sin fallas desde el principio. La hoja del árbol es verde porque nunca podría haber sido de otra manera. Ahora bien, el filósofo de los cuentos de hadas se alegra de que la hoja sea verde precisamente porque podría haber sido escarlata. Siente como si se hubiera vuelto verde un instante antes de que la mirara. Le complace que la nieve sea blanca basándose en el argumento estrictamente razonable de que podría haber sido negra. Cada color encierra una cualidad audaz, como de elección; el rojo de las rosas del jardín no solo es decisivo, sino dramático, como sangre derramada de repente. Siente que algo se ha hecho. Pero los grandes deterministas del siglo XIX se oponían firmemente a este sentimiento innato de que algo había sucedido un instante antes. De hecho, según ellos, nada había sucedido realmente desde el principio del mundo. Nada había sucedido desde que la existencia había sucedido; y ni siquiera sobre la fecha de esto último estaban muy seguros.
El mundo moderno, tal como lo encontré, era firme en cuanto al calvinismo moderno, en cuanto a la necesidad de que las cosas sean como son. Pero cuando fui a pedirles pruebas, descubrí que en realidad no tenían ninguna de esta repetición inevitable en las cosas, salvo el hecho de que las cosas se repetían. Ahora bien, la mera repetición hacía que las cosas me resultaran más bien estrambóticas que racionales. Era como si, tras haber visto en la calle una nariz de forma curiosa y haberla descartado como un accidente, hubiera visto luego otras seis narices con la misma forma asombrosa. Por un momento habría imaginado que debía de tratarse de alguna sociedad secreta local.