La gente ha caído en la necia costumbre de hablar de la ortodoxia como de algo pesado, monótono y seguro. Nunca ha habido nada tan peligroso ni tan emocionante como la ortodoxia. Era la cordura: y estar cuerdo es más dramático que estar loco. Era el equilibrio de un hombre a lomos de caballos desbocados, que parece inclinarse hacia un lado y balancearse hacia el otro, manteniendo sin embargo en cada postura la gracia estatuaria y la precisión de la aritmética. En sus primeros tiempos, la Iglesia cabalgó con furia y rapidez a lomos de cualquier corcel de batalla; con todo, es totalmente acientífico decir que simplemente enloqueció en torno a una sola idea, como un fanatismo vulgar. Se inclinaba a izquierda y derecha con el fin exacto de esquivar enormes obstáculos. * Dejó a un lado la inmensa mole del arrianismo, respaldada por todos los poderes mundanos para hacer que el cristianismo fuera demasiado mundano. * Al instante siguiente se inclinaba para evitar un orientalismo que lo habría hecho demasiado poco mundano. La Iglesia ortodoxa nunca adoptó el camino manso ni aceptó las convenciones; la Iglesia ortodoxa nunca fue respetable. Habría sido más fácil aceptar el poder terrenal de los arrianos. Habría sido fácil, en el calvinista siglo XVII, caer en el pozo sin fondo de la predestinación. Es fácil ser un loco: es fácil ser un hereje. Siempre es fácil dejar que la época se desboque; lo difícil es conservar la propia cabeza. Siempre es fácil ser un modernista, como es fácil ser un esnob. Haber caído en cualquiera de esas trampas abiertas de error y exageración que moda tras moda y secta tras secta tendieron a lo largo del camino histórico de la cristiandad, eso sí que habría sido sencillo. Siempre es sencillo caer; hay una infinidad de ángulos desde los cuales uno cae, y solo uno desde el cual se mantiene en pie. Haber caído en
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VI. Las paradojas del cristianismo
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