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VII. La Revolución Eterna

La Revolución Eterna

Se han propuesto las siguientes proposiciones:

  • Primero, que se requiere cierta fe en nuestra vida incluso para mejorarla;
  • segundo, que cierta insatisfacción con las cosas tal como son es necesaria incluso para estar satisfecho;
  • tercero, que para tener este contentamiento necesario y este descontento necesario no basta con el equilibrio obvio del estoico.

Porque la mera resignación no posee ni la gigantesca levedad del placer ni la soberbia intolerancia del dolor. Hay una objeción fundamental al consejo de simplemente aguantar y sonreír. La objeción es que si uno se limita a aguantar, no sonríe.

Los héroes griegos no sonríen; pero las gárgolas sí, porque son cristianas. Y cuando un cristiano se complace, se complace (en el sentido más exacto) espantosamente; su placer es espantoso.

Cristo profetizó toda la arquitectura gótica en aquella hora en que las personas nerviosas y respetables (personas como las que ahora se oponen a los organillos) se opusieron a los gritos de los golfillos de Jerusalén. Dijo: «Si estos callaran, las piedras hablarían».

Bajo el impulso de su espíritu surgieron como un coro clamoroso las fachadas de las catedrales medievales, abarrotadas de rostros vociferantes y bocas abiertas. La profecía se ha cumplido: las piedras mismas gritan.

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