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V. La bandera del mundo

La Bandera del Mundo

Cuando era niño había por ahí dos hombres curiosos a los que llamaban el optimista y el pesimista. Yo mismo usaba las palabras constantemente, pero confieso alegremente que jamás tuve una idea muy clara de lo que significaban.

Lo único que podía considerarse evidente era que no podían significar lo que decían; pues la explicación verbal ordinaria era que el optimista pensaba que este mundo era tan bueno como podía ser, mientras que el pesimista pensaba que era tan malo como podía ser. Al ser ambas afirmaciones un disparate evidentemente delirante, uno tenía que buscar otras explicaciones.

Un optimista no podía significar un hombre que pensaba que todo estaba bien y nada mal. Pues eso carece de sentido; es como llamar a todo "derecha" y nada "izquierda". En conjunto, llegué a la conclusión de que el optimista pensaba que todo era bueno, excepto el pesimista, y que el pesimista pensaba que todo era malo, excepto él mismo.

Sería injusto omitir por completo de la lista la misteriosa pero sugerente definición que se dice dio una niña: «Un optimista es un hombre que cuida de tus ojos, y un pesimista es un hombre que cuida de tus pies».

No estoy seguro de que esta no sea la mejor definición de todas. Hay incluso una especie de verdad alegórica en ella. Pues podría trazarse, quizás, una distinción provechosa entre aquel pensador más sombrío que piensa meramente en nuestro contacto con la tierra de un momento a otro, y ese pensador más feliz que considera más bien nuestra capacidad primordial de visión y de elección del camino.

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