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VI. Las paradojas del cristianismo

mismo, pero no con una autosuficiencia insolente, que hay muchos mejores y muchos peores, que sus méritos son limitados, pero procuraría que se le reconocieran. En resumen, iría con la cabeza alta; pero no necesariamente con las narices al aire. Esta es una postura varonil y racional, pero está expuesta a la objeción que señalamos contra el término medio entre el optimismo y el pesimismo: la «resignación» de Matthew Arnold.

Al ser una mezcla de dos cosas, es una dilución de ambas; ninguna está presente en toda su fuerza ni aporta todo su color.

Este orgullo moderado no eleva el corazón como el son de las trompetas; no se puede andar vestido de púrpura y oro por esto.

Por otra parte, esta suave modestia racionalista no purifica el alma con fuego ni la vuelve transparente como el cristal; no hace al hombre (como una estricta y penetrante humildad) semejante a un niño pequeño, que puede sentarse a los pies de la hierba. No le hace mirar hacia arriba y ver maravillas; pues Alicia debe volverse pequeña si ha de ser Alicia en el País de las Maravillas.

De este modo pierde tanto la poesía de ser orgulloso como la poesía de ser humilde.

El cristianismo intentó mediante este mismo extraño expediente salvar a ambos.

Separaba las dos ideas y luego las exageraba a ambas. Por un lado, el Hombre había de ser más altivo de lo que jamás había sido antes; por otro lado, había de ser más humilde de lo que jamás había sido antes.

En la medida en que soy Hombre, soy el jefe de las criaturas. En la medida en que soy un hombre, soy el primero de los pecadores.

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