patriotismo hablando con claridad. A un hombre que dice que ningún patriota debe atacar la guerra de los bóeres hasta que haya terminado no vale la pena responderle con inteligencia; está diciendo que ningún buen hijo debe advertir a su madre sobre un acantilado hasta que se haya caído por él.
Pero hay un antipatriota que irrita sinceramente a los hombres honrados, y la explicación sobre él es, creo, la que he sugerido: es el falso amigo sincero; el hombre que dice: «Lamento tener que decir que estamos arruinados», y no lo lamenta en absoluto.
Y puede decirse de él, sin retórica, que es un traidor; pues está usando ese conocimiento desagradable que se le permitió adquirir para fortalecer al ejército, con el fin de disuadir a la gente de alistarse en él.
Puesto que se le permite ser pesimista como asesor militar, está actuando con pesimismo como sargento reclutador.
Del mismo modo que el pesimista (que es el antipatriota cósmico) usa la libertad que la vida concede a sus consejeros para apartar al pueblo de su bandera.
Aun concediendo que no exprese más que hechos, sigue siendo fundamental conocer cuáles son sus emociones, cuál es su móvil. Puede ser que mil doscientos hombres en Tottenham estén postrados por la viruela; pero nos interesa saber si esto lo afirma algún gran filósofo que quiere maldecir a los dioses, o simplemente algún modesto clérigo que quiere ayudar a los hombres.
El mal del pesimista no es, por tanto, que fustigue a dioses y hombres, sino que no ama aquello que fustiga; carece de esa lealtad primordial y sobrenatural hacia las cosas. ¿Cuál es el mal del hombre comúnmente llamado optimista? Evidentemente, se percibe que el optimista, deseoso de defender el honor de este mundo, defenderá lo indefendible. Es el