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IV. La ética del País de los Elfos

Así, que un elefante tuviera trompa era raro; pero que todos los elefantes tuvieran trompa parecía un complot. Hablo aquí solo de una emoción, y de una emoción a la vez terca y sutil. Pero la repetición en la Naturaleza parecía a veces una repetición exaltada, como la de un maestro enfadado que dice la misma cosa una y otra vez. La hierba parecía hacerme señales con todos sus dedos a la vez; las estrellas apiñadas parecían empeñadas en hacerse entender. El sol me obligaría a verlo si se alzaba mil veces. Las recurrencias del universo se elevaban al ritmo enloquecedor de un ensalmo, y comencé a vislumbrar una idea.

Todo el altísimo materialismo que domina la mente moderna descansa en última instancia sobre un supuesto; un supuesto falso.

Se supone que si una cosa sigue repitiéndose es probablemente algo muerto; una pieza de relojería. La gente siente que si el universo fuera personal variaría; que si el sol estuviera vivo bailaría.

Esto es una falacia incluso en relación con los hechos conocidos.

Porque la variación en los asuntos humanos se introduce generalmente en ellos, no por la vida, sino por la muerte; por el decaimiento o la interrupción de su fuerza o su deseo.

Un hombre varía sus movimientos debido a algún leve elemento de fracaso o fatiga. Se sube a un autobús porque está cansado de caminar; o camina porque está cansado de estar sentado.

Pero si su vida y su alegría fueran tan gigantescas que nunca se cansara de ir a Islington, podría ir a Islington con tanta regularidad como el Támesis va a Sheerness. La rapidez y el éxtasis mismos de su vida tendrían la quietud de la muerte.

El sol sale todas las mañanas. Yo no salgo todas las mañanas; pero la variación no se debe a mi actividad, sino a mi inactividad.

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