de disociar la luna de la marea. En ambos casos no hay conexión, excepto que uno los ha visto juntos. * Un sentimentalista podría derramar lágrimas ante el aroma de azahar porque, por una oscura asociación propia, le recuerda a su infancia. De igual manera, el profesor materialista (aunque oculte sus lágrimas) no deja de ser un sentimentalista porque, por una oscura asociación propia, las flores de manzano le recuerdan a las manzanas. Pero el racionalista imparcial venido del país de las hadas no ve por qué, en abstracto, el manzano no debería dar tulipanes carmesí; a veces lo hace en
Este asombro elemental, sin embargo, no es una mera fantasía derivada de los cuentos de hadas; por el contrario, todo el fuego de los cuentos de hadas se deriva de esto. Del mismo modo que a todos nos gustan las historias de amor porque existe un instinto sexual, a todos nos gustan los cuentos asombrosos porque tocan el nervio del antiguo instinto del asombro. Esto lo prueba el hecho de que cuando somos niños muy pequeños no necesitamos cuentos de hadas: solo necesitamos cuentos. La mera vida es bastante interesante. Un niño de siete años se emociona cuando le cuentan que Tomás abrió una puerta y vio un dragón. Pero un niño de tres se emociona cuando le cuentan que Tomás abrió una puerta. A los muchachos les gustan los cuentos románticos; pero a los bebés les gustan los cuentos realistas—porque los encuentran románticos. De hecho, un bebé es casi la única persona, supongo, a la que se le podría leer una novela realista moderna sin aburrirlo.
Esto prueba que incluso los cuentos infantiles solo se hacen eco de un salto de interés y asombro casi prenatal. > Estos cuentos dicen que las manzanas eran doradas solo para refrescar el momento olvidado en que descubrimos que eran