no confunde en absoluto nuestras convicciones sobre la cuestión filosófica de cuántas judías hacen cinco.
He aquí la peculiar perfección de tono y verdad en los cuentos infantiles.
El hombre de ciencia dice: «Corta el rabo y la manzana caerá»; pero lo dice con calma, como si una idea condujera realmente a la otra.
La bruja del cuento de hadas dice: «Toca el cuerno y el castillo del ogro caerá»; pero no lo dice como si fuera algo en lo que el efecto surgiera obviamente de la causa. Sin duda ha dado el consejo a muchos campeones y ha visto caer muchos castillos, pero no pierde ni su asombro ni su razón. No se marea la cabeza hasta imaginar una conexión mental necesaria entre un cuerno y una torre que cae.
Pero los hombres científicos sí se marean la cabeza, hasta que imaginan una conexión mental necesaria entre una manzana que se aparta del árbol y una manzana que llega al suelo. Hablan verdaderamente como si hubieran encontrado no sólo un conjunto de hechos maravillosos, sino una verdad que conecta esos hechos. Hablan como si la conexión de dos cosas extrañas físicamente las conectara filosóficamente.
Sienten que, debido a que una cosa incomprensible sigue constantemente a otra cosa incomprensible, las dos juntas componen de algún modo una cosa comprensible.
Dos enigmas negros dan una respuesta blanca.
En el país de las hadas evitamos la palabra «ley»; pero en el de la ciencia son singularmente aficionados a ella. Así, a alguna conjetura interesante sobre cómo los pueblos olvidados pronunciaban el alfabeto la llaman ley de Grimm. Pero la ley de Grimm es mucho menos intelectual que los cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Los cuentos son, a fin de cuentas, ciertamente cuentos; mientras que la ley no es una ley.