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IV. La ética del País de los Elfos

La tesis democrática sostiene que el gobierno (ayudar a gobernar la tribu) es algo semejante a enamorarse, y no algo semejante a caer en la poesía. No es algo análogo a tocar el órgano de la iglesia, pintar sobre pergamino, descubrir el Polo Norte (ese hábito insidioso), hacer bucles en el aire, ser Astrónomo Real, etcétera. Pues estas cosas no deseamos que un hombre las haga en absoluto a menos que las haga bien.

Es, por el contrario, una cosa análoga a escribir las propias cartas de amor o sonarse las propias narices. Estas son cosas que queremos que un hombre haga por sí mismo, incluso si las hace mal.

No estoy argumentando aquí la verdad de ninguna de estas concepciones; sé que algunos modernos piden que sus esposas sean elegidas por científicos, y pronto podrían pedir, por lo que sé, que enfermeras les suenen las narices. Simplemente digo que la humanidad sí reconoce estas funciones humanas universales, y que la democracia clasifica al gobierno entre ellas.

En pocas palabras, la fe democrática es esta: que las cosas más terriblemente importantes deben dejarse en manos de los hombres comunes y corrientes: el apareamiento de los sexos, la crianza de los jóvenes, las leyes del estado. Esto es la democracia; y en esto siempre he creído.

Pero hay una cosa que desde mi juventud nunca he podido comprender.

Nunca he podido comprender de dónde saca la gente la idea de que la democracia se opone de algún modo a la tradición. Es evidente que la tradición no es más que la democracia prolongada a través del tiempo. Es fiarse del consenso de las voces humanas comunes en lugar de algún registro aislado o arbitrario.

El hombre que cita a algún historiador alemán contra la tradición de la Iglesia católica, por ejemplo, está apelando estrictamente a la aristocracia.

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