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VIII. El romance de la ortodoxia

y evidente es: «Traed a la gente que quiera ser asmática del mismo modo que mucha gente quiere ser libertina». Un hombre puede quedarse quieto y curarse de una dolencia. Pero no debe quedarse quieto si quiere curarse de un pecado; por el contrario, debe levantarse y dar saltos violentos. De hecho, todo el meollo del asunto queda perfectamente expresado en la misma palabra que usamos para referirnos a un hombre en el hospital; «paciente» está en voz pasiva; «pecador», en activa. Si un hombre ha de salvarse de la gripe, puede ser un paciente. Pero si ha de salvarse de la falsificación, no debe ser un paciente, sino un impaciente. Debe sentirse personalmente impaciente con la falsificación. Toda reforma moral debe partir de la voluntad activa, no de la pasiva.

Aquí de nuevo llegamos a la misma conclusión sustancial.

En la medida en que deseemos las reconstrucciones definitivas y las peligrosas revoluciones que han distinguido a la civilización europea, no desalentaremos la idea de una posible ruina; más bien la alentaremos.

Si queremos, como los santos orientales, limitarnos a contemplar cuán bien están las cosas, por supuesto que solo diremos que tienen que marchar bien. Pero si queremos particularmente hacer que marchar bien, debemos insistir en que pueden marchar mal.

Por último, esta verdad vuelve a cumplirse en el caso de los comunes intentos modernos por disminuir o desvirtuar la divinidad de Cristo. Puede que esto sea verdad o no; de eso me ocuparé antes de terminar. Pero si la divinidad es cierta, resulta sin duda terriblemente revolucionaria. Que un hombre bueno esté con la espalda contra la pared no es más de lo que ya sabíamos; pero que Dios pueda estar con la espalda contra la pared es un motivo de orgullo para todos los insurgentes por los siglos de los siglos. El cristianismo es la única religión

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