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VII. La Revolución Eterna

Dos veces de nuevo, por lo tanto, el cristianismo había acudido con la respuesta exacta que yo requería. Yo había dicho: «El ideal debe ser fijo», y la Iglesia había respondido: «El mío es literalmente fijo, pues existía antes que cualquier otra cosa».

Dije en segundo lugar: «Debe estar artísticamente combinado, como un cuadro»; y la Iglesia respondió: «El mío es muy literalmente un cuadro, pues sé quién lo pintó».

Luego pasé a la tercera cosa que, según me parecía, se necesitaba para una Utopía o meta de progreso. Y de las tres es infinitamente la más difícil de expresar. Quizá podría plantearse así: que necesitamos vigilancia incluso en la Utopía, no sea que caigamos de la Utopía como caímos del Edén.

Hemos observado que una de las razones que se esgrimen para ser progresista es que las cosas tienden naturalmente a mejorar. Pero la única razón real para ser progresista es que las cosas tienden naturalmente a empeorar. La corrupción en las cosas no es solo el mejor argumento para ser progresista; es también el único argumento en contra de ser conservador. La teoría conservadora sería realmente tajante e irrefutable de no ser por este único hecho. Pero todo conservatismo se basa en la idea de que si dejas las cosas en paz, las dejas tal como están. Pero no es así. Si dejas una cosa en paz, la dejas a merced de un torrente de cambios. Si dejas un poste blanco en paz, pronto será un poste negro. Si te interesa especialmente que sea blanco, debes estar repintándolo constantemente; es decir, debes estar haciendo una revolución permanente. En resumen, si quieres el viejo poste blanco, debes tener un nuevo poste blanco. Pero esto, que es verdad incluso para las cosas inanimadas, lo es en un sentido muy especial y terrible para todas las cosas humanas. Se requiere en realidad una vigilancia casi antinatural por parte del ciudadano debido a la horrible rapidez con que envejecen las instituciones humanas. Es

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