¿Cómo puede el hombre estar aproximadamente libre de emociones sutiles, capaz de hacerlas oscilar en un espacio despejado sin quebranto ni error? Este fue el logro de esta paradoja cristiana de las pasiones paralelas.
Concedido el dogma principal de la guerra entre lo divino y lo diabólico, la revuelta y la ruina del mundo, su optimismo y su pesimismo, como pura poesía, podían desatarse como cataratas.
San Francisco, al alabar todo lo bueno, podía ser un optimista más vocinglero que Walt Whitman.
San Jerónimo, al denunciar todo lo malvado, podía pintar el mundo más negro que Schopenhauer.
Ambas pasiones eran libres porque ambas se mantenían en su sitio.
- El optimista podía verter todas las alabanzas que quisiera sobre la alegre música de la marcha, las trompetas doradas y los estandartes púrpuras que entraban en combate. Pero no debía tildar la lucha de innecesaria.
- El pesimista podía dibujar tan sombríamente como eligiera las marchas nauseabundas o las heridas cruentas. Pero no debía tildar la lucha de desesperada.
Así ocurría con todos los demás problemas morales, con el orgullo, con la protesta y con la compasión.
Al definir su doctrina principal, la Iglesia no solo mantuvo cosas aparentemente incoherentes lado a lado, sino que, lo que era más, permitió que estallaran en una especie de violencia artística que de otro modo solo sería posible para los anarquistas. La mansedumbre se volvió más dramática que la locura. El cristianismo histórico se elevó en un alto y extraño coup de théâtre de la moral —cosas que son para la virtud lo que los crímenes de Nerón son