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IX. La autoridad y el aventurero

paradoja primordial del cristianismo es que la condición ordinaria del hombre no es su condición cuerda o sensata; que lo normal en sí mismo es una anormalidad. Esa es la filosofía más íntima de la Caída. En el interesante nuevo catecismo de Sir Oliver Lodge, las dos primeras preguntas eran: «¿Qué es usted?» y «¿Cuál es, entonces, el significado de la Caída del Hombre?». Recuerdo haberme divertido escribiendo mis propias respuestas a las preguntas; pero pronto descubrí que eran respuestas muy fragmentarias y agnósticas. A la pregunta «¿Qué es usted?», solo pude responder: «Dios sabe qué». Y a la pregunta «¿Qué se entiende por la Caída?», pude responder con absoluta sinceridad: «Que, sea lo que fuere lo que soy, no soy yo mismo». Esta es la principal paradoja de nuestra religión; algo que nunca hemos conocido en un sentido pleno, no solo es mejor que nosotros, sino incluso más natural para nosotros que nosotros mismos. Y la verdad es que no hay más prueba de esto que la meramente experimental con la que comenzaron estas páginas, la prueba de la celda acolchada y la puerta abierta. Solo desde que he conocido la ortodoxia he conocido la emancipación mental. Pero, para concluir, esto tiene una aplicación especial en la idea última de la alegría.

Se dice que el paganismo es una religión de alegría y el cristianismo de tristeza; sería igual de fácil demostrar que el paganismo es pura tristeza y el cristianismo pura alegría. Semejantes conflictos no significan nada y no conducen a ninguna parte. Todo lo humano debe contener tanto alegría como tristeza; lo único que interesa es la manera en que ambas cosas se equilibran o se dividen. Y lo verdaderamente interesante es esto: que el pagano era (en lo fundamental) cada vez más feliz a medida que se acercaba a la tierra, pero cada vez más triste a medida que se acercaba a los cielos.

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