costumbre en el periodismo y en las novelas románticas hablar de los hombres que sufren bajo viejas tiranías. Pero, en realidad, los hombres casi siempre han sufrido bajo tiranías nuevas; bajo tiranías que apenas veinte años antes habían sido libertades públicas. * Así, Inglaterra enloqueció de alegría por la monarquía patriótica de Isabel; y luego (casi inmediatamente después) enloqueció de furia en la trampa de la tiranía de Carlos I. * Así también, en Francia, la monarquía se volvió intolerable, no justo después de haber sido tolerada, sino justo después de haber sido adorada. El hijo de Luis el Bienamado fue Luis el de la guillotina. * De igual modo, en Inglaterra, en el siglo XIX, el fabricante radical era plenamente de fiar como mero tribuno del pueblo, hasta que de repente escuchamos el grito del socialista de que era un tirano que devoraba al pueblo como si fuera pan. * Asimismo, casi hasta el último momento hemos confiado en los periódicos como órganos de opinión pública. Hace muy poco, algunos de nosotros hemos visto (no lentamente, sino con sobresalto) que, obviamente, no son nada de eso. Son, por la naturaleza misma de las cosas, los pasatiempos de unos pocos hombres ricos. No tenemos ninguna necesidad de rebelarnos contra la antigüedad; tenemos que rebelarnos contra la novedad. Son los nuevos gobernantes, el capitalista o el director de periódico, quienes realmente sostienen el mundo moderno. No hay temor de que un rey moderno intente pasar por encima de la constitución; es más probable que ignore la constitución y actúe a sus espaldas; no aprovechará su poder real; es más probable que saque partido de su impotencia real, del hecho de que está libre de críticas y de publicidad. Porque el rey es la persona más
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VII. La Revolución Eterna
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