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IV. La ética del País de los Elfos

La fría razón lo decrece desde su imponente trono: y nosotros, en el país de las hadas, nos someteremos. Si los tres hermanos montan a caballo, hay seis animales y dieciocho patas involucrados: eso es el verdadero racionalismo, y el país de las hadas está lleno de él.

Pero al asomarme por el seto de los elfos y empezar a fijarme en el mundo natural, observé algo extraordinario. Observé que hombres cultos con gafas hablaban de las cosas reales que sucedían —el amanecer, la muerte y demás— como si fuesen racionales e inevitables. Hablaban como si el hecho de que los árboles den fruto fuera tan necesario como el hecho de que dos y un árbol hacen tres. Pero no es así. Hay una diferencia enorme según la prueba del país de las hadas; que es la prueba de la imaginación. No puedes imaginar que dos y uno no sumen tres. Pero puedes imaginar fácilmente que los árboles no dan fruto; puedes imaginar que de ellos crecen candelabros de oro o tigres colgados de la cola.

Estos hombres con gafas hablaban mucho de un tal Newton, a quien le dio una manzana en la cabeza y que descubrió una ley. Pero no hubo forma de hacerles ver la distinción entre una ley verdadera, una ley de la razón, y el mero hecho de que las manzanas se caigan.

Si la manzana le dio en la nariz a Newton, la nariz de Newton le dio a la manzana. Esa es una verdadera necesidad: porque no podemos concebir que ocurra lo uno sin lo otro. Pero bien podemos concebir que la manzana no le cayera en la nariz; podemos imaginarla volando con ardor por el aire para golpear alguna otra nariz, que le causara mayor antipatía.

Siempre hemos mantenido en nuestros cuentos de hadas esta tajante distinción entre la ciencia de las relaciones mentales, en la que de verdad existen leyes, y la ciencia de los hechos físicos, en la que no hay leyes, sino tan solo extrañas repeticiones. Creemos en los milagros corporales, pero no en las imposibilidades mentales. Creemos que una mata de judías trepó hasta el Cielo; pero eso

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