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V. La bandera del mundo

vínculo último con la vida; pone su corazón fuera de sí mismo: muere para que algo viva. El suicida es ignoble porque no tiene este vínculo con el ser: es un mero destructor; espiritualmente, destruye el universo.

Y entonces me acordé de la estaca y la encrucijada, y del extrañísimo hecho de que el cristianismo hubiera mostrado esa extraña dureza hacia el suicida.

Porque el cristianismo había mostrado un frenético aliento al mártir. Al cristianismo histórico se le acusaba, no sin cierta razón, de llevar el martirio y el ascetismo a un punto desolado y pesimista.

Los primeros mártires cristianos hablaban de la muerte con una horrible dicha. Blasfemaban de los hermosos deberes del cuerpo: olían el sepulcro desde lejos como a un campo de flores. Todo esto ha parecido a muchos la quintaesencia misma de la poesía del pesimismo.

Sin embargo, ahí está la estaca en la encrucijada para demostrar lo que el cristianismo pensaba del pesimista.

Este fue el primero de la larga serie de enigmas con los que el cristianismo entró en la discusión. Y con él iba una peculiaridad de la que tendré que hablar con mayor énfasis, como nota de todas las nociones cristianas, pero que comenzó claramente en esta. La actitud cristiana ante el mártir y el suicida no era la que tan a menudo se afirma en la moral moderna. No era una cuestión de grado. No se trataba de que hubiera que trazar una línea en alguna parte, y de que el suicida por exaltación cayera dentro de la línea, y el suicida por tristeza justo al otro lado. El sentimiento cristiano era evidentemente que el suicida no estaba llevando el martirio demasiado lejos. El sentimiento cristiano estaba

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