Dios que es una mera unidad terrible no es solo un rey, sino un rey oriental. El corazón de la humanidad, especialmente de la humanidad europea, queda sin duda mucho más satisfecho por los extraños indicios y símbolos que se agrupan en torno a la idea trinitaria, la imagen de un concilio en el que la misericordia intercede tanto como la justicia, la concepción de una especie de libertad y variedad que existe incluso en la cámara más íntima del mundo. Pues la religión occidental siempre ha sentido con agudeza la idea de que «no es bueno que el hombre esté solo». El instinto social se impuso en todas partes, tal como ocurrió cuando la idea oriental de los ermitaños fue prácticamente desterrada por la idea occidental de los monjes. Así, incluso el ascetismo se volvió fraterno; y los trapenses eran sociables aun en su silencio. Si este amor por una complejidad viva es nuestra prueba, resulta sin duda más saludable abrazar la religión trinitaria que la unitaria. Porque para nosotros los trinitarios (si se me permite decirlo con reverencia), para nosotros Dios mismo es una sociedad. Se trata, en verdad, de un misterio teológico insondable, y aun si fuera lo bastante teólogo como para abordarlo directamente, no vendría al caso hacerlo aquí. Basta con decir aquí que este triple enigma es tan reconfortante como el vino y tan acogedor como un hogar inglés; que esto que confunde por completo al intelecto sosiega por entero al corazón: pero del desierto, de los lugares áridos y de los soles terribles, proceden los hijos crueles del Dios solitario; los verdaderos unitarios que, cimitarra en mano, han asolado el mundo. Porque no es bueno que Dios esté solo.
De nuevo, lo mismo puede decirse de ese asunto difícil del peligro del alma, que ha inquietado a tantas mentes justas. Esperar la salvación de todas las almas es un imperativo; y es perfectamente defendible que su