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IX. La autoridad y el aventurero

hombre, cuando la alegría es lo fundamental en él, y el dolor lo superficial. La melancolía debería ser un interludio inocente, un estado de ánimo tierno y fugaz; la alabanza debería ser la pulsación permanente del alma. El pesimismo es, en el mejor de los casos, un medio día de fiesta emocional; la alegría es la labor estruendosa por la cual todas las cosas viven. Sin embargo, según el estado aparente del hombre tal como lo ve el pagano o el agnóstico, esta necesidad primordial de la naturaleza humana nunca puede ser satisfecha. La alegría debería ser expansiva; pero para el agnóstico debe estar contraída, debe aferrarse a un rincón del mundo. El dolor debería ser una concentración; pero para el agnóstico su desolación se extiende a través de una eternidad inconcebible. A esto lo llamo nacer al revés. Se puede decir con verdad que el escéptico está patas arriba; pues sus pies bailan hacia arriba en éxtasis vanos, mientras su cerebro está en el abismo. Para el hombre moderno los cielos están en realidad debajo de la tierra. La explicación es sencilla; está parado sobre su cabeza; lo cual es un pedestal muy débil sobre el cual pararse. Pero cuando vuelve a encontrar sus pies, lo sabe. El cristianismo satisface repentina y perfectamente el instinto ancestral del hombre de estar en la posición correcta; lo satisface supremamente en esto: que mediante su credo la alegría se convierte en algo gigantesco y la tristeza en algo especial y pequeño. La bóveda sobre nosotros no es sorda porque el universo sea un idiota; el silencio no es el silencio desalmado de un mundo sin fin y sin rumbo. Más bien el silencio que nos rodea es una quietud pequeña y lastimosa, como la quietud pronta en una habitación de enfermos. Se nos permite tal vez la tragedia como una especie de comedia misericordiosa: porque la energía frenética de las cosas divinas nos derribaría como una farsa borracha. Podemos tomar nuestras propias

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