evolución. Y si él no lo sabe, desde luego que los evolucionistas corrientes, que hablan de que las cosas son «superiores», tampoco lo saben.
Por otra parte, hay quienes recurren a la pura sumisión y a quedarse quietos. La naturaleza va a hacer algo algún día; nadie sabe qué, y nadie sabe cuándo. No tenemos motivos para actuar, ni motivos para no actuar. Si algo sucede, está bien; si algo se evita, estuvo mal.
Asimismo, algunos intentan adelantarse a la naturaleza haciendo algo, haciendo cualquier cosa. Como es posible que nos salgan alas, se cortan las piernas. Sin embargo, por lo que saben, tal vez la naturaleza esté intentando convertirlos en ciempiés.
Por último, hay una cuarta clase de personas que toman lo que sea que por casualidad desean, y dicen que ese es el fin último de la evolución. Y estas son las únicas personas sensatas. Esta es la única manera realmente sana de entender la palabra evolución: trabajar por lo que uno quiere y llamar a eso evolución. El único sentido inteligible que el progreso o el avance pueden tener entre los hombres es que tenemos una visión definitiva, y que deseamos hacer que el mundo entero se parezca a esa visión. Si os gusta plantearlo así, la esencia de la doctrina es que lo que nos rodea es el mero método y la preparación para algo que tenemos que crear. Esto no es un mundo, sino más bien los materiales para un mundo. Dios no nos ha dado tanto los colores de un cuadro como los colores de una paleta. Pero también nos ha dado un tema, un modelo, una visión fija. Debemos tener claro qué queremos pintar. Esto añade un principio más a nuestra lista anterior de principios. Hemos dicho que debemos amar este mundo, incluso para poder cambiarlo. Ahora añadimos que debemos amar otro mundo (real o imaginario) para tener algo hacia lo cual cambiarlo.
No necesitamos debatir sobre las meras palabras evolución o progreso: personalmente prefiero llamarlo reforma.