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IV. La ética del País de los Elfos

Los antiguos griegos votaban con piedras; estos votarán con lápidas. Todo es muy regular y oficial, pues la mayoría de las lápidas, al igual que la mayoría de las papeletas de voto, están marcadas con una cruz.

Tengo que empezar por decir, por lo tanto, que si he tenido algún sesgo, este siempre ha sido un sesgo a favor de la democracia y, por consiguiente, de la tradición.

Antes de llegar a cualquier principio teórico o lógico, me conformo con dar cabida a esa ecuación personal; siempre he estado más inclinado a creer en la masa de gente trabajadora que en esa clase literaria, especial y problemática, a la que pertenezco.

Prefiero incluso las fantasías y los prejuicios de la gente que ve la vida desde dentro a las demostraciones más claras de la gente que ve la vida desde fuera.

Siempre confiaría en los cuentos de viejas frente a los datos de las solteronas. Mientras el ingenio sea ingenio natural, puede ser tan desbocado como le plazca.

Ahora tengo que armar una postura general, y no pretendo tener formación alguna en tales asuntos. Me propongo hacerlo, por lo tanto, escribiendo una tras otra las tres o cuatro ideas fundamentales que he descubierto por mí mismo, más o menos del modo en que las descubrí. Luego las sintetizaré a grandes rasgos, resumiendo mi filosofía personal o religión natural; después describiré mi sorprendente descubrimiento de que todo aquello ya había sido descubierto antes. Lo había descubierto el cristianismo. Pero de estas profundas convicciones que he de relatar en orden, la más temprana tenía que ver con este elemento de la tradición popular. Y sin la explicación anterior acerca de la tradición y la democracia, difícilmente

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