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VIII. El romance de la ortodoxia

sobre la tierra que ha sentido que la omnipotencia hacía incompleto a Dios. El cristianismo es el único que ha sentido que Dios, para ser plenamente Dios, debió de ser tanto un rebelde como un rey. Único entre todos los credos, el cristianismo ha añadido el valor a las virtudes del Creador. Pues el único valor que merece llamarse valor debe significar necesariamente que el alma atraviesa un punto de rotura y no se rompe. En esto, la verdad, me acerco a un asunto más oscuro y terrible de lo que es fácil tratar; y pido disculpas de antemano si alguna de mis frases resulta desacertada o parece irreverente al tocar un asunto al que los más grandes santos y pensadores han temido con razón acercarse. Pero en ese relato terrorífico de la Pasión hay una clara sugerencia emocional de que el autor de todas las cosas (de algún modo inconcebible) pasó no solo por la agonía, sino por la duda. Está escrito: «No tentarás al Señor tu Dios». No; pero el Señor tu Dios puede tentarse a sí mismo; y parece como si esto fuera lo que sucedió en Getsemaní. En un jardín Satanás tentó al hombre; y en un jardín Dios tentó a Dios. Atravesó de algún modo sobrehumano nuestro horror humano al pesimismo. Cuando el mundo tembló y el sol fue borrado del cielo, no fue en la crucifixión, sino en el grito desde la cruz: el grito que confesaba que Dios estaba desamparado de Dios. Y ahora que los revolucionarios elijan un credo de entre todos los credos y un dios de entre todos los dioses del mundo, sopesando cuidadosamente a todos los dioses de la ineludible recurrencia y del poder inalterable. No encontrarán a otro dios que haya estado él mismo en rebelión. Es más (el asunto se vuelve demasiado difícil para el discurso humano), que los propios ateos elijan un dios. Solo encontrarán una divinidad que haya expresado alguna vez su aislamiento; una sola religión en la que Dios pareció por un instante ser ateo.

Estos pueden llamarse los elementos esenciales de la vieja ortodoxia, cuyo principal mérito es que es la fuente natural de la revolución y la reforma; y cuyo principal defecto es que es, obvia y únicamente, una afirmación abstracta.

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