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II. El maníaco

El loco vería un significado conspirativo en esas actividades vacías. Pensaría que el corte del césped era un ataque a la propiedad privada. Pensaría que el golpeteo de los talones era una señal para un cómplice. Si el loco pudiera por un instante volverse descuidado, recobraría la cordura.

Todo el que haya tenido la desgracia de hablar con personas que se encuentran en el centro o al borde del trastorno mental, sabe que su cualidad más siniestra es una claridad horrible en los detalles; una conexión de una cosa con otra en un mapa más elaborado que un laberinto.

Si discutes con un loco, es sumamente probable que salgas perdiendo; pues en muchos sentidos su mente se mueve con mayor rapidez al no verse retrasada por las cosas que acompañan al buen juicio. No le estorba el sentido del humor, ni la caridad, ni las certezas mudas de la experiencia.

Es tanto más lógico por haber perdido ciertos afectos cuerdos. De hecho, la expresión común para la locura resulta engañosa en este aspecto.

El loco no es el hombre que ha perdido la razón. El loco es el hombre que lo ha perdido todo excepto su razón.

La explicación que da un loco de una cosa es siempre completa y, a menudo, satisfactoria en un sentido puramente racional. O, para hablar con más propiedad, la explicación insana, si no concluyente, es al menos irrefutable; esto puede observarse especialmente en los dos o tres tipos más comunes de locura. Si un hombre dice (por ejemplo) que los hombres tienen una conspiración en su contra, no se le puede contradecir sino diciendo que todos los hombres niegan ser conspiradores; lo cual es exactamente lo que harían los conspiradores. Su explicación abarca los hechos tanto como la vuestra.

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