Herbert Spencer y Bradlaugh quienes me devolvieron a la teología ortodoxa. Sembraron en mi mente mis primeras dudas descabelladas sobre la duda. Nuestras abuelas tenían toda la razón cuando decían que Tom Paine y los librepensadores desestabilizaban la mente. Así es. Desestabilizaron la mía horriblemente. El racionalista me hizo dudar de si la razón servía para algo en absoluto; y cuando hube terminado con Herbert Spencer, había llegado al punto de dudar (por primera vez) de si la evolución había ocurrido siquiera. Mientras dejaba la última de las conferencias ateas del coronel Ingersoll, el espantoso pensamiento cruzó por mi mente: «Casi me persuades a ser cristiano». Yo me encontraba en una situación desesperada.
Este extraño efecto de los grandes agnósticos al despertar dudas más profundas que las suyas propias podría ilustrarse de muchas maneras. Tomo solo una. A medida que leía y releía todos los relatos no cristianos o anticristianos de la fe, desde Huxley hasta Bradlaugh, una lenta y terrible impresión fue creciendo gradual y gráficamente en mi mente: la impresión de que el cristianismo debe de ser algo absolutamente extraordinario. Pues no solo (según entendí) tenía el cristianismo los vicios más flagrantes, sino que al parecer poseía un talento místico para combinar vicios que parecían incompatibles entre sí. Era atacado por todos los frentes y por motivos de lo más contradictorios. Apenas un racionalista había demostrado que se inclinaba demasiado hacia el este, cuando otro demostraba con igual claridad que se pasaba muchísimo hacia el oeste. Apenas se había calmado mi indignación ante su angulosa y agresiva escuadereza, cuando se me volvía a llamar la atención para que notara y condenara su enervante y sensual redondez. En caso de que algún lector no se haya topado con lo que quiero decir, ofreceré algunos ejemplos, tal como los recuerdo al azar, de esta contradicción interna en el ataque escéptico. Doy cuatro o cinco; hay cincuenta más.