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VII. La Revolución Eterna

Si estas cosas se conceden, aunque solo sea por aras de la argumentación, podemos retomar allí donde lo dejamos el hilo del pensamiento del hombre natural, llamado por los escoceses (con lamentable familiaridad), «El Viejo Hombre».

Podemos plantear la siguiente pregunta que tenemos tan obviamente ante nosotros. Se necesita cierta satisfacción incluso para mejorar las cosas. Pero ¿qué queremos decir con mejorar las cosas? La mayor parte de la charla moderna sobre este asunto es una mera argumentación en círculo —ese círculo que ya hemos convertido en símbolo de la locura y del mero racionalismo—.

  • La evolución solo es buena si produce el bien;
  • el bien solo es bueno si ayuda a la evolución.

El elefante se sostiene sobre la tortuga, y la tortuga sobre el elefante.

Obviamente, no bastará con tomar nuestro ideal del principio de la naturaleza; por la sencilla razón de que (salvo por alguna teoría humana o divina), no existe tal principio en la naturaleza. Por ejemplo, el antidemócrata barato de hoy en día les dirá solemnemente que no hay igualdad en la naturaleza. Tiene razón, pero no ve el corolario lógico. No hay igualdad en la naturaleza; tampoco hay desigualdad en la naturaleza. La desigualdad, tanto como la igualdad, implica una escala de valores. Ver aristocracia en la anarquía de los animales es tan sentimental como ver democracia en ella. Tanto la aristocracia como la democracia son ideales humanos: el uno afirma que todos los hombres son valiosos; el otro, que algunos hombres son más valiosos. Pero la naturaleza no dice que los gatos sean más valiosos que los ratones; la naturaleza no hace ningún comentario al respecto. Ni siquiera dice que

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