O bien, se reprochaba al cristianismo sus hábitos despojados y hambrientos; su sayal y sus guisantes secos. Pero al minuto siguiente se le reprochaba al cristianismo su pompa y su ritualismo; sus santuarios de pórfido y sus mantos de oro. Se le injuriaba por ser demasiado sencillo y por ser demasiado colorido.
Por otra parte, siempre se había acusado al cristianismo de reprimir demasiado la sexualidad, cuando Bradlaugh, el malthusiano, descubrió que la reprimía demasiado poco. A menudo se le acusa en un mismo soplo de respetabilidad puritana y de extravagancia religiosa.
Entre las cubiertas de un mismo panfleto ateo he encontrado a la fe reprendida por su desunión —«Uno piensa una cosa y otro otra»— y reprendida también por su unión —«Es la diferencia de opiniones lo que impide que el mundo se vaya al diablo»—.
En una misma conversación, un librepensador, amigo mío, culpó al cristianismo por despreciar a los judíos, y luego lo despreció él mismo por ser judío.
Deseaba ser muy justo entonces, y deseo ser muy justo ahora; y no dediqué a concluir que el ataque contra el cristianismo estuviera del todo equivocado. Solo dediqué a concluir que si el cristianismo estaba equivocado, lo estaba de verdad muy seriamente. Tales horrores hostiles podían combinarse en una sola cosa, pero esa cosa tenía que ser muy extraña y solitaria. Hay hombres que son avaros y también derrochadores; pero son raros. Hay hombres sensuales y también ascéticos; pero son raros. Pero si esta masa de contradicciones locas realmente existía, cuáquera y sanguinaria, demasiado pomposa y demasiado ajada, austera, pero