Por ejemplo, cuando el materialismo conduce a los hombres al fatalismo absoluto (como suele hacerlo), resulta bastante ocioso pretender que es, en algún sentido, una fuerza liberadora.
Es absurdo decir que estás promoviendo especialmente la libertad cuando solo usas el libre pensamiento para destruir el libre albedrío. Los deterministas vienen a atar, no a desatar. Bien pueden llamar a su ley la «cadena» de la causalidad. Es la peor cadena que jamás haya encadenado a un ser humano.
Podéis usar el lenguaje de la libertad, si queréis, en relación con las enseñanzas materialistas, pero resulta obvio que este es tan inaplicable a ellas en su conjunto como el mismo lenguaje aplicado a un hombre encerrado en un manicomio.
Podéis decir, si queréis, que el hombre es libre de pensarse a sí mismo como un huevo escalfado. Pero sin duda es un hecho mucho más rotundo e importante que, si es un huevo escalfado, no es libre de comer, beber, dormir, caminar o fumarse un cigarrillo.
De igual modo podéis decir, si queréis, que el audaz especulador determinista es libre de dejar de creer en la realidad de la voluntad.
Pero es un hecho mucho más masivo e importante que no es libre para alabar, maldecir, agradecer, justificar, instar, castigar, resistir tentaciones, incitar multitudes, hacer propósitos de Año Nuevo, perdonar a los pecadores, reprender a los tiranos, o incluso para decir «gracias» por la mostaza.
De paso por este tema, puedo señalar que existe una extraña falacia según la cual el fatalismo materialista es de algún modo favorable a la clemencia, a la abolición de los castigos crueles o de cualquier tipo de castigo. Esto es sorprendentemente lo contrario de la verdad. Es muy sostenible que la doctrina de la necesidad no suponga ninguna diferencia en absoluto; que