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VII. La Revolución Eterna

metáforas materiales; de hecho, esta es la principal característica de las personas modernas y vagas. Como no se atreven a definir su doctrina de lo que es bueno, utilizan figuras retóricas físicas sin reservas ni vergüenza y, lo que es peor de todo, parecen pensar que estas analogías de poca monta son exquisitamente espirituales y superiores a la antigua moral. Así, consideran intelectual hablar de cosas que son «elevadas». Es al menos lo contrario de intelectual; es una mera frase propia de un campanario o de una veleta. «Tommy era un buen chico» es una afirmación filosófica pura, digna de Platón o de Tomás de Aquino. «Tommy vivió la vida superior» es una grosera metáfora tomada de una regla de diez pies.

Este, por cierto, es casi el punto débil de Nietzsche, a quien algunos presentan como un pensador audaz y fuerte. Nadie negará que fue un pensador poético y sugestivo; pero estuvo muy lejos de ser fuerte. No fue nada audaz. Jamás expuso su propio significado mediante palabras abstractas y desnudas: como lo hicieron Aristóteles y Calvino, e incluso Karl Marx, los hombres de pensamiento duros y audaces. Nietzsche siempre esquivaba una pregunta recurriendo a una metáfora física, como un poeta menor optimista. Dijo «más allá del bien y del mal» porque le faltó el valor para decir «más que bueno que el bien y el mal» o «más malo que el bien y el mal». De haber enfrentado su pensamiento sin metáforas, habría visto que se trataba de un sinsentido. Así, cuando describe a su héroe, no se atreve a decir «el hombre más puro», ni «el hombre más feliz», ni «el hombre más triste», pues todas ellas son ideas; y las ideas resultan alarmantes. Dice «el hombre superior» o «superhombre», una metáfora física tomada de los acróbatas o los alpinistas. Nietzsche es verdaderamente un pensador muy tímido. No tiene en absoluto la menor idea de qué clase de hombre quiere que produzca la

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