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VII. La Revolución Eterna

pensarlo), el cristianismo es lo único que queda que tiene un derecho real a cuestionar el poder de los bien nutridos o los bien educados. He escuchado con bastante frecuencia a los socialistas, o incluso a los demócratas, decir que las condiciones físicas de los pobres deben inevitablemente degradarlos mental y moralmente. He escuchado a hombres de ciencia (y aún hay hombres de ciencia que no se oponen a la democracia) decir que si les damos a los pobres condiciones más saludables, el vicio y el mal desaparecerán. Los he escuchado con una atención horrible, con una fascinación espantosa. Pues era como ver a alguien aserrando enérgicamente de un árbol la rama en la que está sentado. Si estos felices demócratas pudieran probar su tesis, matarían a la democracia. Si los pobres están así de totalmente desmoralizados, puede que sea práctico o no levantarlos. Pero desde luego es muy práctico privarlos del derecho al voto. Si el hombre con una mala habitación no puede emitir un buen voto, entonces la primera y más rápida deducción es que no debe emitir ningún voto. La clase gobernante puede decir sin faltar a la razón: «Puede llevarnos algún tiempo reformar su habitación. Pero si él es la bestia que decís vosotros, a él le llevará muy poco tiempo arruinar nuestro país. Por lo tanto, seguiremos vuestra sugerencia y no le daremos la oportunidad». Me llena de una diversión horrible observar la manera en que el fervoroso socialista sienta industriosamente las bases de toda aristocracia, explayándose amablemente sobre la evidente incapacidad de los pobres para gobernar. Es como escuchar a alguien en una fiesta de noche disculpándose por entrar sin traje de etiqueta, y explicando que recientemente había estado intoxicado, tenía la costumbre personal de quitarse la ropa en la calle y, además, acababa de cambiarse el uniforme de la cárcel. En cualquier momento, uno siente, el anfitrión podría decir que realmente, si la cosa era tan grave, no hacía falta ni que entrara.

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