Sus infernales paralelos parecían expandirse con la distancia; pero para mí todas las cosas buenas convergen en un punto, las espadas por ejemplo.
Así que, encontrando la jactancia del gran cosmos tan insatisfactoria para mis emociones, comencé a discutir un poco al respecto; y pronto descubrí que toda la actitud era aún más superficial de lo que cabía esperar.
Según esta gente, el cosmos era una sola cosa, ya que tenía una regla inquebrantable. Solo que (solían decir) si bien es una sola cosa, es también lo único que existe. ¿Por qué, entonces, habría de preocuparse uno en particular por llamarlo grande? No hay nada con qué compararlo. Sería igual de sensato llamarlo pequeño.
Un hombre puede decir: «Me gusta este vasto cosmos, con su multitud de estrellas y su gentío de criaturas variadas». Pero, puestos a elegir, ¿por qué no habría de decir un hombre: «Me gusta este acogedor y pequeño cosmos, con su número decente de estrellas y una provisión de ganado tan pulcra como deseo ver»?
Lo uno es tan bueno como lo otro; ambos son meros sentimientos. Es mero sentimiento regocijarse de que el sol sea más grande que la tierra; es un sentimiento igual de cuerdo regocijarse de que el sol no sea más grande de lo que es. Un hombre elige tener una emoción sobre la enormidad del mundo; ¿por qué no habría de elegir tener una emoción sobre su pequeñez?
Ocurrió que yo sentía esa emoción. Cuando a uno le gusta algo, lo llama con diminutivos, aunque se trate de un elefante o de un guardia de corps. La razón es que cualquier cosa, por enorme que sea, que pueda concebirse como completa, puede concebirse como pequeña. Si los bigotes militares no sugirieran una espada o los colmillos una cola, el objeto sería inmenso porque sería inmedible. Pero