¿Es lo bastante pagano como para morir por el mundo, y lo bastante cristiano como para morir a él? En esta combinación, sostengo yo, es el optimista racional quien fracasa, y el optimista irracional quien triunfa. Está dispuesto a hacer añicos el universo entero por amor al universo mismo.
No pongo estas cosas en su secuencia lógica madura, sino tal como vinieron: y esta visión se despejó y agudizó por un accidente de la época.
Bajo la alargada sombra de Ibsen, surgió el debate sobre si no sería algo muy agradable suicidarse. Modernos solemnes nos decían que ni siquiera debíamos decir «pobre hombre» de alguien que se había volado la tapa de los sesos, ya que era una persona envidiable y solo se los había volado debido a su excepcional excelencia. El señor William Archer incluso sugirió que en la edad de oro habría máquinas expendedoras en las que un hombre podría matarse por un centavo.
En todo esto me encontré radicalmente enfrentado a muchos que se hacían llamar liberales y humanitarios.
No solo es el suicidio un pecado, es el pecado. Es el mal supremo y absoluto, la negativa a interesarse por la existencia; la negativa a jurar lealtad a la vida. El hombre que mata a un hombre, mata a un hombre. El hombre que se mata a sí mismo, mata a todos los hombres; por lo que a él respecta, borra el mundo. Su acto es peor (considerado simbólicamente) que cualquier violación o atentado dinamitero. Pues destruye todos los edificios: insulta a todas las mujeres. El ladrón se conforma con los diamantes; pero el suicida no: ese es su crimen. No se le puede sobornar, ni siquiera con las piedras llameantes de la Ciudad Celestial. El ladrón halaga las cosas que roba, si no a su dueño.