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VI. Las paradojas del cristianismo

Toda humildad que había significado pesimismo, que había significado que el hombre adoptaba una visión vaga o mezquina de todo su destino⁠—todo eso iba a desaparecer.

No debíamos escuchar más el lamento del Eclesiastés de que la humanidad no tenía preeminencia sobre los brutos, ni el terrible grito de Homero de que el hombre era tan solo el más triste de todas las bestias del campo.

El hombre era una estatua de Dios paseándose por el jardín. El hombre tenía preeminencia sobre todos los brutos; el hombre solo estaba triste por no ser una bestia, sino un dios roto.

El griego había hablado de los hombres arrastrándose sobre la tierra, como si se aferraran a ella. Ahora el Hombre iba a hollar la tierra como para someterla.

El cristianismo sostenía así un pensamiento sobre la dignidad del hombre que sólo podía expresarse en coronas radiantes como el sol y abanicos de plumaje de pavón. Sin embargo, al mismo tiempo, podía albergar un pensamiento sobre la ínfima pequeñez del hombre que sólo podía expresarse en ayunos y sumisión fantástica, en las cenizas grises de Santo Domingo y las nieves blancas de San Bernardo.

Cuando uno se ponía a pensar en uno mismo, había perspectiva y vacío suficientes para cualquier grado de sombría abnegación y amarga verdad. Allí el caballero realista podía soltarse por completo, siempre y cuando se soltara contra sí mismo. Había un campo de juego abierto para el pesimista feliz. Que dijera cualquier cosa en su contra, sin llegar a blasfemar contra el propósito original de su ser; que se llamara a sí mismo necio y aun maldito necio (aunque esto último sea calvinista); pero no debía decir que los necios no merecen ser salvados. No debía decir que un hombre, en cuanto hombre, puede carecer de valor.

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