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IV. La ética del País de los Elfos

Que se le permitiera a uno, como a Endimión, cortejar a la luna y luego quejarse de que Júpiter guardaba sus propias lunas en un harén me parecía (educado en cuentos de hadas como el de Endimión) un anticlimax vulgar. Atenerse a una sola mujer es un precio bajo por el solo hecho de ver a una mujer. Quejarse de que solo podía casarme una vez era como quejarse de que solo había nacido una vez. Era desproporcionado con la terrible emoción de la que se hablaba. Demostraba, no una sensibilidad exagerada hacia el sexo, sino una curiosa insensibilidad hacia él. Es un necio el hombre que se queja de no poder entrar en el Edén por cinco puertas a la vez. La poligamia es una falta de comprensión del sexo; es como un hombre que arranca cinco peras por mera distracción.

Los estetas tocaron los últimos límites dementes del lenguaje en su elogio de las cosas hermosas. El vilano del cardo los hacía llorar; un escarabajo bruñido los ponía de hinojos. Sin embargo, su emoción nunca me impresionó ni un instante, por esta razón: jamás se les ocurrió pagar por su placer con ningún tipo de sacrificio simbólico. * Los hombres (sentía yo) bien podrían ayunar cuarenta días con el solo fin de oír cantar a un mirlo. * Los hombres bien podrían pasar por el fuego para encontrar una primula. Y, sin embargo, estos amantes de la belleza ni siquiera podían mantenerse sobrios por el mirlo. No querían someterse al

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