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IX. La autoridad y el aventurero

médiums estafadores o de milagros trucados. Eso no es un argumento en absoluto, ni bueno ni malo. Un fantasma falso desentona con la realidad de los fantasmas exactamente lo mismo que un billete falso desentona con la existencia del Banco de Inglaterra⁠—si acaso,

Partiendo de la convicción de que los fenómenos espirituales verdaderamente ocurren (cuya prueba es compleja pero racional), topamos entonces con uno de los peores males mentales de la época. El mayor desastre del siglo XIX fue este: que los hombres empezaron a usar la palabra «espiritual» como si fuera sinónimo de la palabra «bueno». Pensaron que crecer en refinamiento e incorporeidad equivalía a crecer en virtud. Cuando se anunció la evolución científica, algunos temieron que fomentara la mera animalidad. Hizo algo peor: fomentó la mera espiritualidad. Enseñó a los hombres a creer que, mientras se alejaran del simio, se encaminaban hacia el ángel. Pero uno puede alejarse del simio e ir a parar al demonio. Un hombre de genio, muy representativo de aquella época de desconcierto, lo expresó a la perfección. Benjamin Disraeli acertó cuando dijo que estaba del lado de los ángeles. Y lo estaba en efecto; estaba del lado de los ángeles caídos. No estaba del lado de ningún apetito o brutalidad animal; sino del lado de todo el imperialismo de los príncipes del abismo; estaba del lado de la arrogancia, el misterio y el desprecio por todo bien evidente. Entre este orgullo sepultado y las imponentes humillaciones del cielo debe haber, cabe suponer, espíritus de diversas formas y tamaños. El hombre, al tropezar con ellos, ha de cometer más o menos los mismos errores que comete al tropezar con cualquier otro tipo variado en cualquier continente remoto. Al principio debe ser difícil saber quién manda y quién obedece. Si una sombra surgiera del inframundo y contemplara Piccadilly, esa sombra no llegaría a entender del todo el concepto de un carruaje cerrado común y corriente. Supondría que el cochero en el pescante es un conquistador triunfante, que arrastra tras de sí a un cautivo encadenado y pataleante. Del mismo modo, si contemplamos hechos espirituales por primera vez, podemos equivocarnos acerca de quién ocupa la cúspide. No basta con

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