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VI. Las paradojas del cristianismo

complaciendo de manera absurda la concupiscencia de los ojos, enemiga de las mujeres y su refugio necio, pesimista solemne y optimista tonto, si este mal existía, entonces había en este mal algo verdaderamente supremo y singular.

Pues no encontré en mis maestros racionalistas ninguna explicación de una corrupción tan excepcional. El cristianismo (teóricamente hablando) no era a sus ojos más que uno de los mitos y errores comunes de los mortales.

No me dieron ninguna clave para esta maldad retorcida y antinatural. Tal paradoja del mal alcanzaba la estatura de lo sobrenatural. Era, en efecto, casi tan sobrenatural como la infabilidad del Papa. Una institución histórica que nunca acierta es, en verdad, un milagro tan grande como una institución que no puede equivocarse.

La única explicación que acudió inmediatamente a mi mente fue que el cristianismo no venía del cielo, sino del infierno. En verdad, si Jesús de Nazaret no era el Cristo, tenía que ser el Anticristo.

Y entonces, en una hora silenciosa, un extraño pensamiento me asaltó como un rayo silencioso. Había acudido de repente a mi mente otra explicación. Supongamos que oyéramos hablar a muchos hombres de un hombre desconocido. Supongamos que nos desconcertara oír que algunos hombres decían que era demasiado alto y otros demasiado bajo; que a unos les molestaba su gordura, que otros lamentaban su delgadez; que unos lo creían demasiado moreno, y otros demasiado claro. * Una explicación (como ya se ha admitido) sería que tuviera una forma extraña. * Pero hay otra explicación. Podría tener la

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