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IX. La autoridad y el aventurero

y modernos, he llegado a la conclusión de que ocurrieron. Todo argumento en contra de estos hechos evidentes es siempre un argumento circular. > Si digo: «Los documentos medievales atestiguan ciertos milagros tanto como atestiguan ciertas batallas», ellos responden: «Pero los medievales eran supersticiosos»; si quiero saber en qué eran supersticiosos, la única respuesta última es que creían en los milagros. Si digo: «Un campesino vio un fantasma», se me dice: «Pero los campesinos son muy crédulos». Si pregunto: «¿Por qué crédulos?», la única respuesta es que ven fantasmas. Islandia es imposible porque solo los marineros estúpidos la han visto; y los marineros solo son estúpidos porque dicen haber visto Islandia. Es justo añadir que existe otro argumento que el incrédulo puede usar racionalmente contra los milagros, aunque él mismo

Puede decir que ha habido en muchos relatos milagrosos una noción de preparación espiritual y aceptación: en suma, que el milagro solo podía llegar a quien creía en él. Puede ser así, y si es así, ¿cómo hemos de comprobarlo? Si estamos investigando si ciertos resultados se siguen de la fe, es inútil repetir hasta el cansancio que (si ocurren) en efecto se siguen de la fe. Si la fe es una de las condiciones, quienes carecen de ella tienen un derecho de lo más saludable a reírse. Pero no tienen derecho a juzgar. Ser un creyente puede ser, si se quiere, tan malo como estar borracho; aun así, si estuviéramos extrayendo hechos psicológicos de los borrachos, sería absurdo estar reprochándoles siempre el haber estado borrachos. Supongamos que estuviéramos investigando si los hombres enojados realmente veían una neblina roja ante sus ojos. Supongamos que sesenta

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