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IV. La ética del País de los Elfos

que lo tengan. Aquí solo intento describir las emociones enormes que no se pueden describir. Y la emoción más intensa era que la vida era tan preciosa como desconcertante. Era un éxtasis porque era una aventura; era una aventura porque era una oportunidad. La bondad del cuento de hadas no se veía afectada por el hecho de que pudiera haber más dragones que princesas; era bueno estar en un cuento de hadas. La prueba de toda felicidad es la gratitud; y yo me sentía agradecido, aunque apenas sabía a quién. Los niños están agradecidos cuando Papá Noel pone en sus medias regalos de juguetes o dulces. ¿No podría estar agradecido a Papá Noel cuando puso en mis medias el regalo de dos piernas milagrosas? Damos las gracias a la gente por los regalos de cumpleaños consistentes en puros y zapatillas. ¿No puedo dar las gracias a nadie por el regalo de cumpleaños de haber nacido?

Existían, pues, estos dos primeros sentimientos, indefendibles e indiscutibles.

El mundo era una conmoción, pero no meramente conmocionante; la existencia era una sorpresa, pero una sorpresa agradable.

De hecho, todas mis primeras impresiones se expresaban exactamente en una adivinanza que se me quedó grabada en el cerebro desde la infancia. La pregunta era: «¿Qué dijo la primera rana?». Y la respuesta era: «¡Señor, cómo me has hecho saltar!».

Eso resume sucintamente todo lo que estoy diciendo. Dios hizo saltar a la rana; pero la rana prefiere saltar.

Pero una vez asentadas estas cosas, entra en juego el segundo gran principio de la filosofía de los cuentos de hadas.

Cualquiera puede verlo con solo leer los Cuentos de hadas de los Hermanos Grimm o las magníficas recopilaciones del señor Andrew

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