Un breve paseo nos condujo hasta ella, una sombría casa de páramo, que antaño fuera la granja de algún ganadero en los viejos tiempos de prosperidad, pero que ahora había sido reparada y convertida en una vivienda moderna.
Un huerto la rodeaba, pero los árboles, como es habitual en el páramo, estaban achaparrados y marchitos, y el efecto del lugar en su conjunto era mezquino y melancólico.
Nos abrió la puerta un criado anciano, extraño, arrugado y de casaca gastada, que parecía ir acorde con la casa.
Por dentro, sin embargo, había grandes habitaciones amuebladas con una elegancia en la que me pareció reconocer el gusto de la dama.
Al mirar desde sus ventanas el interminable páramo salpicado de granito que se extendía sin interrupción hasta el horizonte más lejano, no pude menos que maravillarme de qué podría haber traído a este hombre culto y a esta hermosa mujer a vivir en un lugar semejante.
—Raro lugar para elegir, ¿no le parece? —dijo, como si respondiera a mi pensamiento—. Y, sin embargo, nos apañamos para ser bastante felices, ¿verdad, Beryl?
—Bastante feliz —dijo ella, pero no había rastro de convicción en sus palabras.
—Tuve una escuela —dijo Stapleton—. Estaba en el norte del país. Para un hombre de mi temperamento, el trabajo era mecánico y poco interesante, pero el privilegio de vivir con la juventud, de ayudar a moldear esas jóvenes mentes y de dejar en ellas la huella de mi propio carácter y mis ideales era muy querido para mí. Sin embargo, el destino se puso en nuestra contra. Se desató una grave epidemia en la escuela y tres de los muchachos murieron. El