y como nosotros mismos podríamos haber hecho, al ver a semejante criatura saltando a través de la oscuridad del páramo tras su rastro. Era un ardid astuto, porque, aparte de la posibilidad de llevar a su víctima a la muerte, ¿qué campesino se atrevería a indagar demasiado sobre una criatura así en caso de llegar a verla, como muchos lo han hecho, en el páramo? Lo dije en Londres, Watson, y lo repito ahora: jamás hemos ayudado a dar caza a un hombre más peligroso que el que yace allí —barrió con su largo brazo la enorme extensión moteada de ciénaga con manchas verdes que se extendía hasta fundirse con las laderas rojizas del páramo.
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XIV. El sabueso de los Baskerville
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