Así pues, uno de nuestros pequeños misterios ha quedado aclarado. Algo es haber tocado fondo en este lodazal en el que chapoteamos. Sabemos ahora por qué Stapleton miraba con desfavor al pretendiente de su hermana, aun cuando ese pretendiente fuera un partido tan idóneo como sir Henry. Y ahora paso a otro hilo que he extraído de la enredada madeja: el misterio de los sollozos en la noche, del rostro bañado en lágrimas de la señora Barrymore, del viaje secreto del mayordomo a la ventana de la celosía occidental. Felicíteme, mi querido Holmes, y dígame que no le he defraudado como agente, que no se arrepiente de la confianza que depositó en mí al enviarme aquí. Todas estas cosas han quedado perfectamente claras gracias al trabajo de una noche. He dicho «gracias al trabajo de una noche», pero, a decir verdad, fue el trabajo de dos noches, pues en la primera nos fuimos de vacío. Me quedé despierto con sir Henry en sus habitaciones hasta casi las tres de la madrugada, pero no oímos sonido alguno aparte del tic-tac del reloj en la escalera. Fue una vigilia de lo más melancólica y terminó con cada uno durmiéndose en su sillón. Afortunadamente no nos desanimamos y decidimos intentarlo de nuevo. La noche siguiente bajamos la lámpara y nos sentamos a fumar cigarrillos sin hacer el menor ruido. Era increíble lo lentamente que se arrastraban las horas, y sin embargo nos ayudó el mismo tipo de paciente interés que debe sentir el cazador al vigilar la trampa en la que espera que caiga la pieza. Dio la una, las dos, y casi habíamos renunciado por segunda vez a la desesperada cuando, en un instante, ambos nos incorporamos rectos en nuestros asientos con todos nuestros cansados sentidos de nuevo en alerta máxima. Habíamos oído el crujido de un paso en el pasillo.
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IX. La luz sobre el páramo
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