—No creo que logre sacarme ese grito de la cabeza. ¿Qué aconseja que hagamos ahora? —¿Damos la vuelta? —No, por los clavos de Cristo; hemos salido a atrapar a nuestro hombre y lo haremos. Nosotros vamos tras el presidiario, y un sabueso infernal, con toda probabilidad, tras nosotros. ¡Vamos! Iremos hasta el final aunque todos los demonios del infierno anduvieran sueltos por la ciénaga. Avanzamos tropezando lentamente en la oscuridad, con el negro perfil de los cerros escarpados a nuestro alrededor y la mancha amarilla de la luz ardiendo fija al frente. No hay nada tan engañoso como la distancia de una luz en una noche de oscuridad absoluta y, a veces, el fulgor parecía lejano en el horizonte y otras veces podía estar a pocos metros de nosotros. Pero por fin pudimos ver de dónde procedía, y entonces supimos que estábamos verdaderamente muy cerca. Una vela chorreante estaba hincada en una rendija de las rocas que la flanqueaban a ambos lados para protegerla del viento y evitar también que fuera visible, salvo en dirección a Baskerville Hall. Un peñasco de granito ocultó nuestra aproximación y, agazapados tras él, miramos por encima para observar la luz de señalización. Resultaba extraño ver aquella única vela ardiendo allí en medio de la ciénaga, sin rastro de vida cerca: tan solo la única llama amarilla y recta y el brillo de la roca a cada lado. —¿Qué hacemos ahora? —susurró sir Henry. —Esperar aquí. Debe de estar cerca de su luz. Veamos si podemos vislumbrarlo.
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IX. La luz sobre el páramo
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