Y entonces de repente, en lo más hondo de la noche, llegó a mis oídos un sonido claro, resonante e inequívoco. Era el sollozo de una mujer, el ahogado y estrangulado jadeo de alguien desgarrado por un dolor incontrolable. Me incorporé en la cama y escuché con atención. El ruido no podía estar muy lejos y sin duda procedía de la casa. Durante media hora esperé con todos los nervios en tensión, pero no se oyó ningún otro sonido salvo el reloj de campanillas y el susurro de la hiedra en la pared.
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VI. Baskerville Hall
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