Con gran sigilo lo oímos avanzar hasta perderse en la distancia. Entonces el baronet abrió suavemente su puerta y nos pusimos en persecución. Nuestro hombre ya había rodeado la galería y el pasillo estaba por completo a oscuras. Nos deslizamos con suavidad hasta llegar al otro ala. Llegamos justo a tiempo para atisbar la alta figura de barba negra, con los hombros encorvados mientras caminaba de puntillas por el pasillo. Luego cruzó por la misma puerta que antes, y la luz de la vela la enmarcó en la oscuridad arrojando un único rayo amarillo a través de la penumbra del pasillo. Avanzamos cautelosamente hacia ella, probando cada tablón antes de atreviros a poner todo nuestro peso sobre él. Habíamos tomado la precaución de dejar las botas atrás, pero, aun así, las viejas tablas chasqueaban y crujían bajo nuestras pisadas. A veces parecía imposible que no oyera nuestra aproximación. Sin embargo, el hombre es afortunadamente algo sordo y estaba por completo absorto en lo que hacía. Cuando por fin llegamos a la puerta y miramos a través de ella, lo encontramos agachado junto a la ventana, vela en mano, con su rostro blanco y absorto presionado contra el cristal, exactamente como lo había visto dos noches atrás. No habíamos urdido ningún plan de campaña, pero el baronet es un hombre para quien el camino más directo es siempre el más natural. Entró en la habitación y, al hacerlo, Barrymore se incorporó de un salto junto a la ventana con un agudo silbido de aliento y se quedó de pie ante nosotros, lívido y tembloroso. Sus oscuros ojos, fulgurantes en la máscara blanca de su rostro, estaban llenos de horror y asombro mientras miraba alternativamente a sir Henry y a mí. —¿Qué hace aquí, Barrymore?
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IX. La luz sobre el páramo
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