aún vive, hijo del hermano menor de sir Charles. La última vez que se tuvo noticias del joven se encontraba en América, y se están instituyendo averiguaciones con el fin de ponerle al corriente
El Dr. Mortimer volvió a doblar el periódico y se lo guardó en el bolsillo.
«Esos son los hechos públicos, Mr. Holmes, en relación con la muerte de Sir Charles Baskerville».
—Debo agradecerle —dijo Sherlock Holmes— que haya llamado mi atención sobre un caso que sin duda presenta algunos rasgos de interés. Había observado algunos comentarios en la prensa en su momento, pero estaba sumamente ocupado con aquel pequeño asunto de los camafeos del Vaticano, y en mi afán por complacer al Papa perdí el hilo de varios casos ingleses interesantes. Este artículo, según dice usted, ¿contiene todos los datos públicos?
—Así es.
—Entonces déjeme las privadas.
Se reclinó hacia atrás, juntó las yemas de los dedos y adoptó su expresión más impasible y judicial.
—Al hacerlo —dijo el doctor Mortimer, que había empezado a mostrar signos de una emoción intensa—, estoy revelando algo que no le había confiado a nadie. Mi motivo para ocultárselo a la investigación del forense es que un hombre de ciencia rehúye ponerse en la situación pública de parecer respaldar una superstición popular.
Tuve el motivo adicional de que Baskerville Hall, como dice el periódico, sin duda se quedaría sin inquilinos si se hiciese algo para aumentar su ya de por sí bastante sombría reputación. Por ambas razones pensé que estaba justificado decir algo menos de lo que sabía, ya que no podría resultar de ello ningún beneficio práctico, pero con usted no hay razón para que no sea perfectamente sincero.