una contra otra y decidía qué puntos eran esenciales y cuáles intrascendentes. Por lo tanto, pasé el día en mi club y no regresé a Baker Street hasta la noche. Serían casi las nueve cuando me encontré de nuevo en la sala de estar.
Mi primera impresión al abrir la puerta fue que se había declarado un incendio, pues la habitación estaba tan llena de humo que la luz de la lámpara sobre la mesa aparecía difuminada por él.
Sin embargo, al entrar, mis temores se disiparon, ya que fue el acre olor a tabaco fuerte y basto lo que me agarró por la garganta y me hizo toser. A través de la bruma tuve una vaga visión de Holmes en su bata, acurrucado en un sillón con su pipa de arcilla negra entre los labios. Varios rollos de papel yacían a su alrededor.