visión de aquel extraño lugar donde los hombres de su sangre habían mandado durante tanto tiempo y dejado una huella tan profunda. Allí estaba sentado, con su traje de tweed y su acento americano, en el rincón de un vagón de tren prosaico, y sin embargo, al mirar su rostro oscuro y expresivo, sentí más que nunca cuán verdadero descendiente era de aquella larga estirpe de hombres altivos, impetuosos y dominantes. Había orgullo, valor y fuerza en sus espesas cejas, sus fosas nasales sensibles y sus grandes ojos avellana. Si en aquel páramo inhóspito nos aguardaba una empresa difícil y peligrosa, este era al menos un camarada por el que uno podía arriesgarse con la certeza de que la compartiría valientemente.
El tren se detuvo en una pequeña estación de paso y todos descendimos.
Afuera, más allá de la cerca baja y blanca, aguardaba un carruaje de caballos con un par de pencos. Nuestra llegada era evidentemente un gran acontecimiento, pues el jefe de estación y los maleteros se agruparon a nuestro alrededor para sacar el equipaje.
Era un rincón campestre, apacible y sencillo, pero me sorprendió observar que junto a la puerta se encontraban dos hombres de aspecto militar, con uniformes oscuros, que se apoyaban en sus rifles cortos y nos miraban fijamente al pasar.
El cochero, un sujeto bajito, de rostro duro y nudoso, saludó a Sir Henry Baskerville, y en pocos minutos volábamos velozmente por el ancho y blanco camino.
Praderas onduladas se curvaban hacia arriba a ambos lados de nuestro trayecto, y viejas casas con frontones asomaban entre el espeso follaje verde, pero tras el apacible y soleado paisaje campestre se alzaba siempre, oscura contra el cielo vespertino, la larga y sombría curva del páramo, rota por las colinas dentadas y siniestras.