Una línea difusa de antepasados, con toda variedad de vestimentas, desde el caballero isabelino hasta el petimetre de la Regencia, nos miraba fijamente desde arriba y nos intimidaba con su silenciosa compañía. Hablamos poco, y yo, por mi parte, me alegré cuando terminó la comida y pudimos retirarnos al moderno billar para fumar un cigarrillo.
—Caramba, no es un sitio muy alegre —dijo Sir Henry.
—Supongo que uno termina por acostumbrarse, pero de momento me siento un poco fuera de lugar. No me extraña que mi tío se pusiera un poco nervioso si vivía completamente solo en una casa como esta. Sin embargo, si les parece bien, nos retiraremos temprano esta noche y tal vez las cosas parezcan más alegres por la mañana.
Aparté mis cortinas antes de acostarme y miré por la ventana. Daba al espacio cubierto de hierba que se extendía frente a la puerta principal.
Más allá, dos bosquecillos gemían y se mecían con un viento que arreciaba.
Una media luna se abría paso entre los jirones de nubes veloces. A su luz fría vi, más allá de los árboles, una franja de rocas rotas y la curva larga y baja del páramo melancólico.
Cerré la cortina, con la sensación de que mi última impresión estaba en consonancia con el resto.
Y sin embargo no fue del todo la última. Me sentía cansado y, sin embargo, desvelado, dando vueltas inquieto de un lado a otro, en busca del sueño que no llegaba. A lo lejos, un reloj de campanillas marcó los cuartos de hora, pero por lo demás un silencio mortal se extendía sobre la vieja casa.