desde que la había visto, no tenía prisa por marcharme, y que si de verdad quería que me fuera, la única manera de lograrlo era que ella accediera a venir conmigo. Con eso le ofrecí en toda regla casarme con ella, pero antes de que pudiera responder, apareció este hermano suyo corriendo hacia nosotros con cara de loco. Estaba pálido de rabia, y esos ojos claros suyos echaban chispas de furia. ¿Qué hacía yo con la dama? ¿Cómo osaba dispensarle atenciones que le resultaban desagradables? ¿Acaso creía que por ser baronet podía hacer lo que me viniera en gana? De no haber sido su hermano, habría sabido responderle de otro modo. Tal como estaban las cosas, le dije que mis sentimientos hacia su hermana eran de los que no tenía que avergonzarme, y que esperaba que ella me honrara convirtiéndose en mi esposa. Eso pareció empeorar las cosas, así que entonces yo también perdí los estribos y le contesté con bastante más acierto del que debiera, tal vez, teniendo en cuenta que ella estaba presente. Así que terminó marchándose con ella, como vio, y aquí me tiene, tan desconcertado como cualquiera en este condado. Dígame qué significa todo esto, Watson, y le deberé más de lo que jamás podré pagarle. Intenté una o dos explicaciones, pero, a decir verdad, yo mismo estaba completamente perplejo. El título de nuestro amigo, su fortuna, su edad, su carácter y su aspecto están todos a su favor, y no sé nada en su contra a menos que sea ese oscuro sino que pesa sobre su familia. Que sus atenciones sean rechazadas de forma tan brusca sin referencia alguna a los deseos de la dama, y que esta acepte la situación sin protesta es de lo más asombroso. Con todo, nuestras conjeturas se disiparon gracias a una visita del propio Stapleton esa misma tarde. Había venido
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IX. La luz sobre el páramo
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