de la ciénaga. Hay una abertura entre dos árboles que permite, desde este punto de vista, contemplarla directamente, mientras que desde todas las otras ventanas solo se obtiene un atisbo lejano. De ello se deduce que Barrymore, puesto que solo esta ventana servía para tal propósito, debía de estar buscando algo o a alguien en la ciénaga. La noche era muy oscura, por lo que apenas puedo imaginar cómo podía abrigar la esperanza de ver a alguien. Se me había ocurrido la posibilidad de que estuviera en marcha alguna intriga amorosa. Eso habría explicado sus movimientos sigilosos y también la inquietud de su esposa. El hombre es un tipo llamativo, muy bien dotado para robarle el corazón a una chica de pueblo, de modo que esta teoría parecía tener algo en qué apoyarse. Esa apertura de la puerta que había oído tras regresar a mi habitación podría significar que había salido para acudir a una cita clandestina. Así razoné conmigo mismo por la mañana, y le cuento la dirección de mis sospechas, por mucho que el resultado haya demostrado que carecían de fundamento. Pero, fuera cual fuese la verdadera explicación de los movimientos de Barrymore, sentía que la responsabilidad de guardármelos para mí hasta poder explicarlos era superior a lo que podía soportar. Me entrevisté con el baronet en su estudio después de desayunar y le conté todo lo que había visto. Él se mostró menos sorprendido de lo que esperaba. —Sabía que Barrymore rondaba por las noches, y tenía la intención de hablar con él al respecto —dijo—. Dos o tres veces he oído sus pasos en el pasillo, de ida y vuelta, justo a la hora que menciona.
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IX. La luz sobre el páramo
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