había hecho. Es cierto que, de haberle amenazado algún peligro repentino, estaba demasiado lejos para resultar útil; y, sin embargo, estoy seguro de que usted coincidirá conmigo en que la situación era muy difícil y en que no había nada más que pudiera hacer. Nuestro amigo sir Henry y la dama se habían detenido en el sendero y estaban profundamente absortos en su charla, cuando de pronto me di cuenta de que no era el único testigo de su entrevista. Un jirón verde que flotaba en el aire llamó mi atención, y otra ojeada me reveló que lo llevaba en un palo un hombre que se desplazaba entre el terreno accidentado. Era Stapleton con su red para mariposas. Estaba mucho más cerca de la pareja que yo, y parecía avanzar en dirección a ellos. En ese instante, sir Henry atrajo bruscamente a la señorita Stapleton hacia su lado. Tenía el brazo rodeándola, pero me pareció que ella se apartaba forcejeando con el rostro desviado. Él inclinó la cabeza hacia la de ella, y ella levantó una mano como en señal de protesta. Al momento siguiente los vi separarse de un salto y volverse a toda prisa. Stapleton era la causa de la interrupción. Corría frenético hacia ellos, con su absurda red colgando a la espalda. Gesticulaba y casi bailaba de excitación frente a los enamorados. Qué significaba aquella escena no podía imaginarlo, pero me pareció que Stapleton estaba increpando a sir Henry, quien ofrecía explicaciones que se volvían más airadas a medida que el otro se negaba a aceptarlas. La dama permanecía a un lado en altivo silencio. Finalmente Stapleton dio media vuelta e hizo una seña imperativa a su hermana que, tras una vacilante mirada a sir Henry, se marchó al lado de su hermano. Los furiosos gestos del naturalista demostraban que la dama estaba incluida en su desagrado. El baronet se
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IX. La luz sobre el páramo
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